La desinformación es un negocio (y de los buenos)

La desinformación es un nicho de negocio. Y muy lucrativo. Si tu nivel ético está en el subsuelo, es una excelente oportunidad de ganar dinero trabajando a sueldo como creador y distribuidor de bulos. En este análisis de The New York Times lo explican muy bien. Y asusta. El incentivo de ganar dinero con la desinformación está a la misma altura del terrible daño que causa en nuestras sociedades. Nunca hemos tenido tanta información, pero también nunca hemos tenido tantas facilidades para manipular a la opinión pública con herramientas tan poderosas como fáciles de adquirir y de manejar. Y hay incentivos para trabajar en esta vía: políticos, empresariales y de casi cualquier otro tipo. El desafío va más allá del daño reputacional que puedan sufrir las víctimas de estas prácticas cancerosas, Afecta al corazón de las democracias y de nuestra manera de entender la vida y es capaz de reventarlos. No me gustan las exageraciones, pero creo que aquí nos estamos jugando muchísimo. Como dije en otra entrada de este blog, estamos en un estado de emergencia mediática. Si no tomamos medidas, el cambio climático de la información también nos reventará.

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Hoy, ver un telediario o leer un medio no es apto para cardiacos. A la sucesión de sucesos abracadabrantes se suman los restos del naufragio de la pandemia, los horrores de la guerra y un ambiente político viciado en el que los políticos no se tratan como adversarios sino como enemigos en un proceso en el que empezamos a confundir los parlamentos con los platós de El Hormiguero o de El Chiringuito.

Imagen de una alteración de imagen para una simulación de voz e imagen de Tom Cruise

El peligro no está sólo en las deep fakes

No sólo nos deberían preocupar los vídeos, los audios y las fotos falsas que acompañan ahora a las infamias y falsedades que circulan por las redes. Hay otros asuntos aún más graves.

Google y los negacionistas

Google, como le pasa incluso en mayor medida a Facebook, sabe que puede enfrentarse a un problema de dimensiones inabordables si sigue poniéndose de perfil frente al negacionismo estruendoso que alimenta con sus algoritmos.

2020: el año en el que sí triunfó la conspiranoia

No hay una pandemia de conspiranoicos, esotéricos, nacionalistas de todo pelaje, extremistas hiperventilados y populistas de derechas y de izquierdas que estén dominando el mundo. Y si pensáramos eso, seguramente nosotros también estaríamos ejerciendo de terraplanistas de salón. Pero no se debe minusvalorar este fenómeno,

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