Los treintañeros también ‘huyen’ de las noticias

Una periodista joven y con mucho talento que se llama Eva Baroja publicaba estos días un tuit en el que se alarmaba por el desinterés de sus amigas por las noticias y por la actualidad. Eva aludía a ellas, jóvenes con licenciaturas en carreras universitarias de humanidades, como ejemplo de un desinterés generalizado de la gente de su edad, en la franja de los 25 a los 35 años, por la información periodística, de la que parecen huir.

¿Y qué decían estas chicas y otros jóvenes de esta generación para explicar por qué le ha dado la espalda a los medios? Pues que el consumo de las noticias les sume en un ambiente de agresividad y de crispación del que quieren huir para evitar tanta toxicidad en sus vidas. Comprensible, ¿no?

Eva se preguntaba en Twitter sobre qué estaremos haciendo tan mal los periodistas para que esté pasando este fenómeno, que es real y que podemos observar en nuestros entornos, pero creo que la cuestión no es qué estamos haciendo mal en la profesión periodística, sino qué estamos haciendo mal en la sociedad, porque el periodismo no es el causante único de una situación de malestar que es más compleja que todo esto y que hunde sus raíces en la transformación de la sociedad de la información en una sociedad del entretenimiento informativo en la que la plaza pública para la conversación se ha trasladado de los medios de comunicación a las redes sociales.

Imagen hecha con inteligencia artificial

Hoy, ver un telediario o leer un medio no es apto para cardiacos. A la sucesión de sucesos abracadabrantes se suman los restos del naufragio de la pandemia, los horrores de la guerra y un ambiente político viciado en el que los políticos no se tratan como adversarios sino como enemigos en un proceso en el que empezamos a confundir los parlamentos con los platós de El Hormiguero o de El Chiringuito.

Si a esto le añadimos que lo emocional prima sobre lo racional y que nuestro consumo se canaliza a través de redes sociales cuyos algoritmos están entrenados para secuestrar nuestra atención a base de vídeos virales, zascas y memes, pues el cuadro lo tenemos completado.

Del miedo a perdernos algo, eso que se ha llamado pomposamente el efecto FOMO por sus siglas en inglés, hemos pasado al miedo a escuchar demasiado y a leer y ver menos noticias para no sentir la asfixia de estar en un mundo de perspectivas supuestamente tan oscuras.

En este contexto, y por usar un trazo grueso, lo que se puede concluir es que la gente ha decidido reírse un rato con Ibai o seguir las andanzas de María Pombo y de Joaquín antes que emplear su tiempo en saber si los rusos han tomado Jerson o cuándo se ha renovado el Poder Judicial. Y ya ni os cuento sobre leer un editorial o un suplemento de ideas. Y no les podemos acusar de frívolos por eso.

Otra cuestión es que entendamos que todos, y no sólo los periodistas, tenemos una responsabilidad personal en lo que nos ocurre como colectivo. Y que si nos ‘exiliamos’ de la realidad para refugiarnos en el opio de banda ancha de nuestras redes, pues terminaremos siendo no ciudadanos críticos y conscientes de lo que tienen en sus manos, sino simples consumidores en manos de empresas que sólo nos van a considerar productos a los que empotrarles toda la publicidad que podamos. Y si eso pasa, estaremos también a un paso de aceptar que la política es algo ajeno a nosotros en lo que, parafraseando a un viejo dictador patrio, es mejor que no nos metamos.

¿Queréis eso? ¿No? Pues ya podéis volver a preocuparos por la realidad y por lo que dicen los medios a los que habéis abandonado, por que si no, no lo olvidéis: otros lo harán por vosotros. E igual no os gusta lo que quieren hacer con vuestras vidas.

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