El descrédito injusto del periodismo

Rescato por aquí algunas reflexiones que hace hoy en una tribuna en El País el escritor Juan Gabriel Vásquez, quien aprovecha su denuncia sobre las persecuciones, amenazas y hostigamientos que sufren los periodistas en muchos países de América Latina para extenderse sobre cómo el descrédito del periodismo está causando un daño hondo a los periodistas…ya la democracia.

Os anticipo que estoy muy de acuerdo con estas ideas y que, con honestidad, creo que deberíamos espabilarnos antes de que terminemos convertido la conversación pública en una parodia de Tik Tok o en la típica bronca tabernaria y simplona de algún red social.

  • “La sociedad ya no protege a sus periodistas. Y no se me ocurre nada más grave que pueda pasarle a una democracia, excepto, por supuesto, el dejar de serlo”.
  • “El periodismo profesional, que no se hace para excitar emociones y así secuestrar nuestra atención y nuestro tiempo, que propone reflexiones menos nerviosas y más serenas que un video o un meme o los 280 caracteres, se ha vuelto incómodo para muchos. En los peores casos, de incómodo ha pasado a ser detestable. La información ha sido sustituida por los discursos de odio, que a nuestras redes les gustan más: más tráfico, más bilis, más clics, más likes, más indignación virtuosa, más tribalismo.
  • “¿Cuáles son las causas o las raíces de esta desafección? ¿Se trata de la demasiada información que nos agobia, y que provoca en muchos ciudadanos una suerte de hastío, y a veces un hastío infantil, que los lleva a refugiarse en los mundos más agradables y frívolos y coloridos de algunas redes sociales? O tal vez se trate de las nuevas mentalidades que las revoluciones tecnológicas han producido a conciencia, y que ya se han estudiado hasta el cansancio (aunque muchos no se den todavía por enterados):  esas mentalidades constantemente enrabietadas, contaminadas de emociones destructivas, cuyo único interés al informarse no es informarse, sino confirmar un prejuicio o alimentar un odio”.

Estas afirmaciones no son ningún exceso. Ni siquiera me parecen el lamento de algún nostálgico de lo analógico o de quien no entiende que la conversación pública se ha desplazado a las redes sociales y ha ‘desplazado’ a los medios de comunicación. Lo que sostiene es lo que deduce cualquiera que se acerque a examinar qué está pasando con el periodismo y cómo vivimos en la paradoja de que se reclame mejor periodismo a la misma vez que se desprecia a quien les lo ejercen y se deja de apoyar a quienes lo practican desde unos medios cada vez más acorralados  por los poderes políticos, sociales y económicos que huelen su debilidad.

Las redes sociales no están matando al periodismo. En todo caso, lo harán quienes piensen que se puede sustituir una dieta informativa mínimamente rigurosa por unos cuantos bailecitos o por unos cuantos comentarios biliosos y crispados en alguna red social.

Los modelos de negocio del periodismo están en el taller. Y el ejercicio del periodismo, también. Hay motivos para la crítica y para la autocrítica. Pero de aquí no se saldrá si no se recupera una idea que es esencial y que no me voy a cansar de repetir: si queremos una democracia fuerte, ya podemos volver a apoyar a los medios de comunicación en los que confiemos y ya estamos tardando en defenderlos de tanto desprecio y de tanto odio que se esparce sobre ellos. Esa idea de que sin periodismo no hay democracia suena muy cursi y suele defender una concepción a anacrónica del negocio de la información, pero esconde una verdad mayúscula. Quizás una sociedad sólo con redes sea muy divertida, pero desde luego más libre no es.

 

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