El cerco sobre las plataformas tecnológicas se estrecha en Europa y en Estados Unidos

El certificado de impunidad del que gozaban unas cuantas tecnológicas, con Meta y Google a la cabeza, ya no funciona como hasta ahora. Su fecha de caducidad parece haber llegado, como podemos intuir si leemos y conectamos las informaciones que nos están llegando estas últimas semanas desde ambos lados del Atlántico lo confirma. Su tiempo de esplendor sin control está llegando a su fin.

En Europa, la nueva Ley de servicios digitales, que entró en vigor el pasado mes de septiembre de este 2023,  ata en corto a las plataformas con más de 45 millones de usuarios y constriñe la posibilidad de que nos endilguen esa publicidad personalizada que les ha hecho inmensamente ricos con técnicas psicológicas que nos han enganchado a sus productos violentando nuestra privacidad y destrozando nuestra capacidad de atención y, de otra parte, se suceden las prohibiciones del uso de las pantallas del móvil en los colegios y en los institutos tras las quejas, cada vez más continuas, de profesores. y otros profesionales de la educación.

Y en Estados Unidos, además de las demandas judiciales por posición de dominio contra Google y contra Amazon y otras ligadas con su laxitud a la hora de permitir la desinformación y el uso fraudulento de datos personales (Facebook/Cambridge Analítica), ahora 41 Estados se unen para demandar a Meta por el daño que le están haciendo a la salud mental de los más jóvenes, adictos a productos como Instagram.

Las tecnológicas, que nos han aportado enormes avances y nos permiten vivir infinitamente mejor y más informados y entretenidos, se han comportado también como adolescentes con carné para hacer lo que quisiesen y cuando quisiesen.

Pero los veinte años de impunidad de los que han disfrutado se acaban. Los estados, presionados por sus opiniones públicas y conscientes ya de este doctor Jekill tecnológico tiene un reverso más tenebroso del que pensábamos, están actuando para situar a estas plataformas tecnológicas dentro de la ley.

Hoy, a las grandes tecnológicas les toca cumplir en los países en los que operan y dejarse de discursos almibarados sobre cómo están facilitándonos la vida gracias a su empeño innovador. Su modelo de negocio es el de la publicidad programática. Y sí, nos ha dado mucho y nos seguirá aportando en todos los ámbitos, desde la información y el entretenimiento a las mejoras en salud, educación o movilidad. Pero que valoremos su espíritu disruptivo y su empuje no nos puede desenfocar. También nos han quitado mucho por su responsabilidad en las intromisiones masivas de privacidad que han protagonizado y por su inacción ante las pandemias de de desatención y de desinformación que nos están destrozando.

Toca repensar una nueva relación con ellas. Y que ellas entiendan que su gran gallina de los billetes de oro de la publicidad personalizada está llegando a su fin. Las plataformas tienen otras vías de ingresos que no pasan por la vigilancia constante de lo que hacemos, de lo que decimos y hasta de lo que sentimos. Es hora de que demuestren que pueden seguir adelante sin exprimir hasta el último de nuestros movimientos y sin necesidad de engancharnos a sus productos con métodos más propios de un casino para ludópatas que de una red social en la que conversar con los amigos, ver noticias y cotillear qué es lo que hace éste o el otro.

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