Las lecciones para la comunicación del estudio de felicidad de Harvard

Quizás hayáis leído algo sobre un estudio de Harvard que lleva desarrollándose desde 1939 en el que un grupo de psicólogos analiza cómo le va la vida a 268 estudiantes de la Universidad de Harvard, a 456 adolescentes de un barrio marginal de Boston…y a todos los hijos, nietos y demás descendientes de estas personas. Lo más interesante del estudio es que el índice que mejor determina si estos hombres y mujeres han sido felices en sus vidas no es ni la salud, ni la riqueza ni el amor, sino la amistad. O, para ser más exactos, la capacidad de tejer buenas y duraderas relaciones a partir de la conversación, la cercanía, la complicidad, la camaradería y la empatía.

El proyecto, que lleva ya 85 años en marcha, va ya por su cuarto director, un psiquiatra llamado Robert Waldinger, quien da cuenta con todo detalle de las conclusiones del estudio en su libro ‘La buena vida’ y a quien puedes ver en una charla TED muy exitosa en el que habla precisamente del valor de las relaciones duraderas y profundas.

Pero por aquí me quiero detener en un detalle: en cómo estas lecciones del estudio de Harvard pueden trasplantarse al mundo de la comunicación y, en particular, al de la comunicación interna. Lo digo porque cuando leía sobre el libro se me vino a la mente la idea de que esta tesis del valor de las buenas relaciones explica muy bien en qué consiste de verdad la comunicación interna en las empresas y en otras organizaciones.

Este valor no reside en la aplicación de un sistema cartesiano de boletines, comunicados y documentos en abierto que por supuesto que ayudan a los trabajadores de una compañía a estar informados con transparencia de lo que hace y no hace su su empresa, pero sin más valor que ése.

Y no se encuentra en el afán de convocar un número desaforado de reuniones de trabajo que, en la mayoría de los casos, actúan de ‘justificantes’ del trabajo de unos cuantos altos cargos o mandos intermedios que quieren visualizar su poder y su control sobre la organización.

Este valor se sitúa en aquellas acciones internas que permitan el establecimiento de unas buenas relaciones de camaradería entre los compañeros y que no tienen porqué encuadrarse tampoco en esa obsesión por el team building que algunas compañías confunden con algo parecido a esos concursos de televisión cuyo premio es llevarse a los trabajadores a ver un musical a Madrid y cosas por el estilo (que tampoco están mal, eh).

Estas buenas relaciones se obtienen en el día a día, tratando con educación y cortesía a quienes tienes a tu alrededor (siempre he pensado que la primera acción de comunicación interna es que la gente se dé los buenos días y trate bien a quien tiene cerca), ofreciendo facilidades para que un trabajador concilie lo mejor posjble su vida profesional con la personal y buscando espacios para la convivencia física tanto en el seno de la empresa (puede ser, simplemente, habilitar un espacio agradable para tomarse un café en vez de poner una máquina de vending), como fuera de ella, en ese ‘tercer tiempo’ que es tan único…si no viene impuesto por quien esté encima tuya en la jerarquía de la empresa.

Me podréis decir que qué demonios tendrá que ver la conversación y la amistad con la comunicación. Y mi respuesta es que tiene que ver mucho…y que tal vez me quede hasta corto. Hoy, que casi todo se hace a través de las pantallas, se necesita más que nunca tejer relaciones reales, de carne y hueso, a través de las conversaciones y las charlas con las que los seres humanos hemos forjado desde siempre las redes de confianza que nos han permitido sobrevivir por encima de cualquier otra especie que haya pisado este planeta.

Por eso, cuando alguien me pregunta por la comunicación interna, siempre respondo que ésta va de crear un clima de complicidad y de implicación en el que la gente sienta que le escuchan y que se comprometen con ellos y entre ellos. Y que, para lograrlo, no hacen falta grandes y complejas estructuras de comunicación, sino fomentar, hasta la obsesión, las más elementales reglas de cortesía y la búsqueda de espacios y de tiempo para verse las caras y recordar algo que, de tan obvio que es, se nos olvida en demasiadas ocasiones: que cada trabajador y trabajadora es un ser humano que quiere que se le respete y que se le considere mucho más que un simple número en un excel. Así se forjan las mejores relaciones. Y no sé si se consigue la felicidad en las empresas, pero, al menos, se reduce la posibilidad de que la gente se quiera ir a cualquier otro sitio.

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