Los cuadernos me ‘organizan’ la vida

Tenemos tantas herramientas a nuestro alcance para mejorar nuestra productividad que podemos cometer el error de querer usar casi todas ellas o, por el contrario, de no utilizar ninguna de ellas por nuestra incapacidad para saber cuál es la que más nos conviene.

Nos abruman estas herramientas cuyo uso promete convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos y nos causa ansiedad pensar que no somos capaces de darles esa utilidad que supuestamente cambiará nuestras vidas y logrará convertirnos en el primus inter pares de nuestros mundos profesionales, unos Terminators del tiempo que manejan sus agendas y sus proyectos como aprendices de samurais.

Si eres de los que estás en el proceso, te aconsejo que te lo tomes con calma: no abarques demasiado ni quieras saberlo todo, porque te puedes convertir en el clásico probador de gadgets que se entusiasma con estas herramientas para luego abandonarlas unas pocas semanas después en el mejor de los casos.

¿Y aparte de eso? Pues lleva esta simplificación a tu vida profesional y quédate sólo con aquello que de verdad te ayuda.

En mi caso, yo no soy de los que lo van probando todo, pero también he caído en unas cuantas tentaciones tecnológicas y me he descargado aplicaciones que me iban a convertir en el nuevo Calculator, en un superhéroe del orden que jamás volvería a olvidarse de un encargo o de un trabajo.

Pues bien, hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que eso era incompatible con mi personalidad y que me tenía que centrar en lo que sí me podía ayudar.

Y que ‘ese algo que me podía ayudar’ era algo tan simple como perseverar en mi obsesión por escribir en mis cuadernos casi todo lo que tengo que hacer, de plasmar en un papel cualquier estrategia que tenga que plantear, de hacer esquemas como si no hubiera un mañana y de escribir análisis, informes y resúmenes de casi todo lo que se me ponga por delante.

Ya sé que lo de rellenar decenas de cuadernos no suena muy moderno, pero me funciona.

Soy tan ‘tecladoinómano’ como cualquiera, pero sigo usando bolígrafos y lo escribo casi todo. Y me ayuda. Y me aclara las ideas.

Y a eso sólo le añado la ayuda inestimable de mi cerebro externo, que no es otro que el Calendar de Google, a quien aviso de casi todo lo que hago en mi vida y a cuyo inventor quiero darle las garcias públicas por recordarme hasta qué tipo de queso tengo que comprar cuando me acerco al Mercadona.

En suma, he hecho, como dirían los finos, un ejercicio de síntesis. Y me he quedado sólo con lo que sé que me funciona y que me aporta valor. ¿Puedes hacerlo tú? Sí, ¿no? Pues, entonces, no pierdas el tiempo y hazlo. ¿A qué estás esperando?

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