Pronto reclamaremos productos ‘hechos por humanos’

A todos nos impactan las imágenes de vídeo que hemos visto estos días creadas por la inteligencia artificial Sora, de OpenAI, a partir de los textos que se le proporcionan a esta inteligencia artificial. Nos impactan, nos sorprenden y nos hacen pensar: muy pronto, será complicado distinguir delante de una pantalla si estamos ante una imagen que es real o ante una que está hecha con inteligencia artificial.

La repercusión de este cambio no se nos escapa. Nos ayudará en miles de situaciones, desde recrear escenas y vivencias personales a todos los usos profesionales que podamos pensar, desde demostraciones de productos a servicios de IA de atención al cliente que funcionarán las 24 horas de los siete días de la semana con la misma o más diligencia que la que nos prestaría un humano.

Pero esta tecnología impactará también en negativo cuando eleve al infinito las posibilidades de fabricar nuevas generaciones de productos falsos que harán que lo que hoy se nos antoja un ejercicio de desinformación nos parezca en un par de años una trivialidad al lado de lo que puede llegar a hacer una herramienta de esta naturaleza.

Las oportunidades para hacer el mal crecen. Y también el grado de incredulidad y de desconfianza ante casi cualquier cosa que veamos en una pantalla.

La IA lo puede inundar todo hasta el punto de que igual no hay que exigir que nos digan si un producto está ‘hecho con IA’, sino si está ‘hecho con IH’, esto es, con inteligencia humana. 

Y este ‘certificado de humanidad’ nos podrá parecer hoy una boutade, un término fantasioso, pero quizás dentro de no tanto tiempo sea la garantía de que no nos están engañando cuando consumamos un vídeo en una plataforma o cuando nos llame a nuestro móvil un candidato para decirnos que votemos por él.

La IA sortea nuestra capacidad para saber qué es verdadero y qué es falso. Lo hace cada vez con mayor solvencia. Y, por tanto, y sin ponernos apocalípticos, habrá que buscar maneras de distinguir entre lo real y lo aparente por nuestra salud mental y por nuestra salud social.

No sé, quizás hasta haya empresas que aprovechen esta amenaza como un nicho para la generación de nuevos modelos de negocio. Pero lo que sí sé, como cualquiera, es que el asombro con el que hoy recibimos estas innovaciones se puede tornar en temor en lo que tarda alguien en usar una de estas inteligencias artificiales para jugarnos una malísima pasada. Y que, digo yo, algo habrá que hacer, ¿no?

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