La inflación de postureo en la comunicación de las empresas

El propósito es importante. Los principios son buenos. Y los valores son imprescindibles. Pero como sigamos tocando el arpa y poniéndonos el disfraz del arcángel Gabriel cada vez que hablemos de las empresas como si éstas fueran las adalides de un nuevo contrato social mega inclusivo, sostenible, igualitario y no se cuántos valores más, terminaremos por ahuyentar hasta a los más comprometidos y por ganar La Liga Fantasy del postureo happyflower.

Ahora exigimos que los CEOS sean activistas sociales, que los directivos desayunen ODS con cereales y que los trabajadores dediquen su tiempo a entregarse a los demás en algún voluntariado cercano. Y está muy bien, claro que está muy bien que lo hagan. Y hasta diría que es mejor que nuestros empresarios y directivos se empeñen por este camino antes que mostrarse como unos indiferentes a los que sólo estimula la posibilidad de redondear sus cuentas de resultados.

Pero cuidado con la falta de autenticidad en estos discursos, que en algunos casos el cante empieza a ser de dimensiones sonrojantes. Y no sólo afecta a las empresas en sí, sino a un número considerable de firmas de consultoría que empiezan a pensarse que para conseguir confianza en las marcas a las que asesoran hay que convertir a los empresarios y directivos de éstas en unas versiones posmodernas de Mocedades o de Jarcha cuyas apariciones en Linkedin y en los eventos públicos son las propias de unos hijos adoptivos de Paulo Coelho que se hubieran atragantado con unas pastillas recomendadas para el amor, el compromiso, la empatía y la solidaridad.

La comunicación de los valores de una marca no implica participar en una competición por ver quién está más comprometido con la sociedad sino en demostrar con hechos, y no con un glosario ridículo de términos vacíos, que se está realmente comprometido con el mundo que te rodea.

Se trata de practicar lo que se predica. Y de no caer prendidos en una hoguera de vanidades detrás de la cual, a veces, no hay nada de lo que se pregona. La catarata de adjetivos vacíos puede decorarte un discurso, pero no te olvides de que se te puede volver en contra, así que precaución, amigo consultor, y no te vengas arriba con los adjetivos

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