Los violinistas del Titanic de las tecnológicas somos nosotros

Tal vez dentro de unos años un cómico salga al escenario a hacer un show y se marque un monólogo sobre lo ingenuos que eran nuestros antepasados de las primeras décadas del siglo XXI, que se quedaban tan tranquilos mientras las plataformas vulneraban masivamente su privacidad, provocaban pandemias de distracción y problemas de salud y miraban para otro lado mientras se usaban sus canales para el mayor tráfico de fake news de la historia de la humanidad.

Llama la atención nuestra escasa atención hacia estos asuntos. Como si éstos nos sobrepasasen y no pudiésemos pasar del estado de embelesamiento que nos produce ver los avances mágicos de la inteligencia artificial y de la vida bajo el paraguas de los algoritmos.

Sí, empieza a preocuparnos nuestro enganche al móvil y los efectos de la adicción a las pantallas ente los más jóvenes. Nos inquieta que trafiquen con nuestros datos personales como si fuéramos el producto de un lineal de supermercado. Y nos asusta que la desinformación masiva genere monstruos que revienten nuestras democracias.

Pero tampoco es que estemos en posición de alerta ante lo que está pasando. La fuerza de estas naciones pantalla es tal que los gobiernos apenas osan recordarles que ellas también son mortales y que tienen que cumplir las reglas del juego.

Y los avisos, amenazas y sanciones que les llegan son asumidos por éstas como gajes del mayor negocio del mundo, minucias que se soportan mientras las cuentas de resultados siguen impresionando al más escéptico de los inversores y accionistas.

Ellos siguen a lo suyo, inmersos en una guerra por nuestros datos más personales que les hacen saltarse todas las normas que sean necesarias. Y nosotros nos limitamos a disfrutar de lo mejor que nos ofrecen sin entrar en la letra pequeña de unos contratos que esconden realidades tóxicas.

Es un reto complejísimo. Y corresponde liderarlo a las grandes naciones estado y a las instituciones supranacionales que nos representan, como es, en nuestro caso, la Unión Europea.

Pero hasta que los ciudadanos no despertemos y exijamos medidas más drásticas para encauzar a estos depredadores de nuestra atención, poco se podrá hacer y seguiremos enfilando el rumbo de una sociedad distópica que ya no será un ejercicio futurista, sino una realidad con la que nos toparemos cuando suenen nuestros despertadores.

No me estoy poniendo conspiranoico. Es un hecho objetivo. Y más nos vale que nos lo tomemos en serio.

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