Por qué fue tan importante para mí comprarme un periódico de papel en Atocha

Hace unos días volvía a Sevilla desde Madrid y, cuando entraba en la estación de Atocha, decidí comprar un ejemplar en papel del diario El País. Ya sé que no estoy revelando algo asombroso, pero digamos que lo que hice tiene su aquél. Os pongo en contexto. La mayoría de quienes me leéis sabéis que soy un adicto a la información. Estoy suscrito digitalmente a tres medios de comunicación, leo otros cuantos periódicos más, escucho la radio y episodios de podcast y me empapo de actualidad navegando por Twitter y por otras redes como LinkedIn.

Como ya os imagináis, a mí no me veréis despotricando de los medios ni me escucharéis diciendo que ya no veo telediarios o que esquivo las noticias. De hecho, si un día veis a alguien que es exactamente como yo y que os dice que ya no quiere ver más noticias, desconfiad, porque ese alguien no soy yo.

Ahora bien, como le pasa a tantos, empiezo a tener una relación demasiado compulsiva y superficial con la información como fruto de mi scroll intensivo en las redes y mi abuso de las pantallas. Y me rebelo ante ello. No puedo seguir enfrascado en la lectura de zascas y más zascas en Twitter y sin detenerme a elegir unos cuantos buenos artículos de prensa que me permitan entender mejor el mundo que nos rodea y no puedo seguir por más tiempo soportando el ruido furioso de las redes.

Necesito un cierto reposo. Y sí, ese reposo lo encuentro en los periódicos de papel, esos artilugios tan anacrónicos que nos permiten leer buenos artículos sin tener que soportar decenas de anuncios absurdos o las interrupciones perpetuas que nos asaltan con las notificaciones de nuestro móvil.

Después de tanto tiempo, cogí ese ejemplar que compré en Atocha y me puse a leerlo mientras esperaba la salida del tren y rematé su lectura en mi asiento del vagón número ocho del tren que me traía a casa. Y comprobé de nuevo que la lectura de un periódico en papel es infinitamente más placentera que la lectura de ese mismo periódico en una pantalla de cinco, seis o siete pulgadas, que lo que leía lo retenía mejor, que era más capaz de detenerme en unos cuantos artículos y hacer una lectura reposada de ellos y que, además, encontraba una jerarquía editorial y un criterio en la elección de las noticias que jamás he visto en las redes.

Y en ésas, volví a preguntarme porqué demonios había dejado de leer prensa en papel y cómo no me había dado cuenta antes de que, mientras sigan existiendo, ya puedo seguir comprando y leyendo periódicos impresos si no me quiero volver tarumba con tantas redes sociales y tantas pantallas.

P.D. Leed este artículo en el que se entrevista a Michel Desmurget, autor del libro Menos pantallas y más libros. Imprescindible.

Este neurocientífico dice que somos más idiotas que nunca y que se cura leyendo libros en papel

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