La pandemia de la distracción está destruyendo nuestra atención

A través de la newsletter Sala de herramientas, de Patricio Contreras, he llegado a un artículo de Ted Gioia que, a mi juicio, acierta a entender qué está pasando con el efecto de nuestra adicción a las redes sociales: hemos pasado de la sociedad del entretenimiento y la cultura a la sociedad de la distracción.

Antes, se nos planteaba el dilema del consumo de alta cultura frente a productos generalistas de entretenimiento como el cine o las series.

Hoy, la cultura y el entretenimiento han sido devorados por la distracción.

 

El placer dopamínico de la sucesión infinita de vídeos de 10, 15 o 20 segundos y de mensajes cortos y compulsivos nos impide concentrarnos en nada más que en lo que va pasando por delante de nuestras pantallas. Ya casi no vemos series sin consultar el whatsapp o sin echarle un vistazo a Tik Tok y mucho menos tenemos ganas de enfrentarnos a artículos con más de seis o siete párrafos o a libros de más de 150 páginas.

Exigimos la información en píldoras y confundimos la brevedad con la compulsividad, alentando una ansiedad que en ocasiones lleva a algunos usuarios a sufrir problemas de salud mental que, a su vez, han llevado a muchos estados a replantearse el modo el modo en el que se relacionan con estas tecnológicas que se comportan como los camellos que nos suministran el fentanilo que destroza nuestros cerebros.

Ya no leemos ni los links que se comparten en redes, De hecho, como también advierte el periodista y ensayista Jorge Carrión, asistimos en directo a la muerte del enlace. No son ya sólo los libros, las películas y las series y hasta los blogs. También nos cuesta leer esos enlaces de artículos que se comparten en las plataformas y sabemos que si compartimos algún link que nos saque de la red social, los algoritmos de esa red nos penalizarán.

Los dueños de las plataformas nos tienen enganchados. Pero no por alguna razón conspiranoide. Se trata tan sólo de una cuestión de dinero. Cuanto más tiempo pasemos delante de sus contenido, más posibilidades tendrán de usar nuestros datos para hacer negocio con la publicidad programática, ésa que te persigue por todo internet buscando que saques tu tarjeta de crédito a pasear.

Ted Goia clava la situación con este párrafo que cita también Contreras: «Las plataformas tecnológicas no son como los Medici de Florencia, u otros ricos mecenas de las artes. No quieren encontrar al próximo Miguel Ángel o Mozart. Quieren crear un mundo de drogadictos, porque ellos serán los traficantes».

Más nos vale que nos dejemos de ingenuidades. No cortando nuestras relaciones con las redes sociales y las plataformas, que sé que es casi imposible, pero sí racionalizando su uso y advirtiendo en nuestro entorno y en los foros públicos en los que participemos de los peligros que entraña nuestra adicción a las pantallas y nuestra servidumbre a los nuevos caudillos feudales de internet, esas plataformas que nos invitaron a vivir un mundo mejor y a la que se les olvidó avisarnos de que este supuesto paraíso de distracciones guardaba unos cuantos cadáveres en sus armarios, entre ellos, el de nuestra capacidad concentración y el de nuestra capacidad para la atención.

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