Kahneman, los zorros, los erizos y los debates de TV

Me ha cogido la muerte del psicólogo y padre de la economía conductual Daniel Kahneman leyendo precisamente la obra que le encumbró, ‘Pensar rápido, pensar despacio’, un ensayo entretenidísimo que nos muestra cómo los seres humanos somos presos de nuestros sesgos, nuestros juicios y nuestras intuiciones y cómo éstos hacen cometer errores graves a las mentes más preclaras que uno se pueda encontrar en el camino.

En el ámbito de la comunicación, no me resisto a trasladaros una de las investigaciones a la que alude Kahneman en su libro. Se trata de una investigación del psicólogo de la Universidad de Pensilvania Philip Tetlock que utiliza una distinción que hace Isaiah Berlin entre las personas que tienen el espíritu de un zorro y las que tienen el carácter de un erizo.

Os transcribo textualmente algunos párrafos del capítulo 20 del libro: “Los erizos saben muchísimo y tienen una teoría sobre el mundo; explican aconteceres particulares dentro de un marco coherente, se erizan con impaciencia contra aquellos que no ven las cosas a su manera y confían plenamente en sus previsiones. Son también especialmente renuentes a admitir el error. Son dogmáticos y claros, que es precisamente lo que a los productores de televisión les gusta ver en los programas. Dos erizos situados en lados opuestos y atacando las ideas idiotas del adversario hacen un buen espectáculo. Los zorros, por el contrario, piensan de un modo más complejo. No creen que haya una gran cosa que guíe la marcha de la historia. los zorros más bien reconocen que la realidad emerge de las interacciones de muchos agentes y fuerzas diferentes, incluido el ciego azar. Es menos probable que los zorros sean invitados, frente a los erizos, a participar en los debates televisivos”.

Kahneman publicó este libro en 2011, con lo cual me barrunto que también pensaba en las redes sociales, y no sólo en los debates de TV, cuando hacía la distinción entre los humanos-erizo y los humanos-zorro, entre los dogmáticos y los abiertos, entre los que entienden el mundo de manera binaria y los que asumen su complejidad.

Lo que ya no sé es si Kahneman preveía lo que iba a pasar una década después: la victoria aplastante en el debate público de los humanos en forma de erizo, de los que lo saben explicar todo con un par de lugares comunes, una buena ración de vehemencia en el tono de la voz y la gestualidad histérica de alguien a quien le han robado la cartera con 1.500 euros dentro.

Lo vemos en las televisiones y lo sufrimos con crudeza en las conversaciones en las plataformas sociales. El sectarismo ha dado el estirón y los hooligans han invadido el espacio público a base de comentarios hiperventilados y de frases simplonas que nacen de los argumentarios más facilones.

Los debates no admiten matices. Cualquier asunto complejo se resuelve en un par de tuits o en una intervención airada en una televisión que luego los suyos reproducen hasta la agonía en sus cuentas de X. Y todo se sacrifica en el altar de la viralidad, como si la vida nos fuera en la construcción del meme más popular.

Como si asistiéramos a una conversión de la democracia en una zascacracia donde lo de menos sea la resolución de los problemas que nos son comunes y donde todo se resume en atizar al contrario hasta conseguir su muerte civil.

Todo muy edificante, pero, por desgracia, penosamente real.

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